La Genealogía del Rey, la Raíz de David y la Inclusión de la Gracia
Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram. Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón. Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaías. Isaías engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías.» — Mateo 1:1-6
Para comprender en toda su inmensidad, rigor doctrinal y belleza teológica el Evangelio Según San Mateo, es necesario adentrarse en su fascinante contexto histórico, lingüístico y cultural. El primer evangelio del Nuevo Testamento lleva el nombre de Mateo (del hebreo Mattityahu, que significa "regalo del Señor"), también conocido en los relatos evangélicos como Leví. Mateo era un antiguo publicano o cobrador de impuestos en la ciudad de Cafarnaúm, una profesión aborrecida por la sociedad judía de la época por su colaboración con el Imperio Romano y su estigma de corrupción. Sin embargo, tras escuchar el llamado transformador del Maestro, abandonó la mesa de los tributos para convertirse en uno de los doce apóstoles y en el cronista inspirado por excelencia de la vida y obra del Salvador.
La obra fue redactada originalmente hacia la segunda mitad del siglo primero para una comunidad de cristianos de origen judío ubicada principalmente en Palestina y en la región de Siria. La tradición de los primeros padres de la Iglesia sostiene que Mateo compuso primeramente los dichos y relatos del evangelio en el lenguaje semítico de los hebreos, siendo traducido y adaptado posteriormente al griego koiné de altísima precisión retórica.
El libro se abre de forma solemne con la expresión «Libro de la genealogía» (Biblos geneseos), una clara alusión al libro del Génesis, indicando que con la llegada del Mesías comienza una nueva creación en la historia humana. La genealogía establece los dos títulos mesiánicos fundamentales: Hijo de David, como heredero legítimo del trono prometido a Israel, e Hijo de Abraham, como ejecutor de la bendición universal para todas las naciones.
A diferencia de las genealogías patriarcales tradicionales que eran estrictamente masculinas, Mateo introduce audazmente los nombres de cuatro mujeres extranjeras y con historias complejas: Tamar, Rahab, Rut y la esposa de Urías (Betsabé). Teológicamente, esta inclusión demuestra que la gracia de Dios no es exclusivista; la linaje del Mesías abraza tanto a los rectos como a los pecadores redimidos. En el plano práctico, este primer acto nos enseña a no desanimarnos por las imperfecciones de nuestra historia familiar, recordando que Dios es experto en transformar los quebrantamientos humanos en instrumentos de bendición.
Las Cuarenta y Dos Generaciones, el Nacimiento Virginal y la Intervención del Ángel
«De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.» — Mateo 1:17-20
En este segundo bloque, San Mateo organiza la historia del pueblo de Dios en tres grandes etapas de catorce generaciones cada una, un recurso pedagógico propio de la tradición judía basado en la gematría del nombre de David. Estas etapas resumen tres momentos cruciales: la promesa de la nación (de Abraham a David), el colapso del reino y el exilio (de David a Babilonia), y la esperanza de la restauración (del exilio a Cristo).
Inmediatamente, el evangelista aborda el misterio central de la encarnación. María estaba desposada con José, un compromiso matrimonial de validez jurídica estricta. Al descubrirse el embarazo antes de la cohabitación, José enfrenta un dilema moral inmenso. El texto lo califica como un hombre justo (tzadik); su justicia no era un legalismo despiadado, sino una piedad llena de misericordia que lo llevó a decidir el alejamiento en secreto para proteger la dignidad de María.
Mientras meditaba en esa dolorosa decisión, Dios interviene mediante una revelación angelical en sueños. El ángel confirma la naturaleza sobrenatural del suceso: la criatura gestada en el vientre de la Virgen es obra creadora del Espíritu Santo. El nacimiento virginal afirma así tanto la verdadera divinidad como la verdadera humanidad del Salvador. Para nuestra vida cotidiana, este pasaje es una lección profunda de nobleza y prudencia, animándonos a actuar con caridad ante los malentendidos y a confiar en la guía divina en momentos de incertidumbre.
El Nombre del Salvador, la Profecía del Emmanuel y la Obediencia de José
«Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús.» — Mateo 1:21-25
El clímax de esta introducción alcanza su cumbre en la revelación del nombre y la misión del recién nacido. El ángel ordena a José otorgar el nombre legal al niño, lo que equivalía a ejercer la paternidad adoptiva e insertarlo formalmente en la estirpe de David. El nombre revelado es Jesús (Yeshua), que significa "Yahvé salva". A diferencia de las expectativas políticas que aguardaban a un mesías militar, el mensaje celestial define que la salvación auténtica es la liberación del pecado.
San Mateo introduce aquí su célebre fórmula de cumplimiento profético, citando a Isaías 7:14 para revelar que el niño es el Emmanuel ("Dios con nosotros"). La salvación no es una teoría distante, sino la presencia misma de Dios habitando entre la humanidad. El pasaje concluye con la obediencia silenciosa e incondicional de José, quien asume la custodia de la Sagrada Familia.
Tanto la tradición teológica histórica como la devoción creyente contemplan este capítulo con veneración. Por un lado, se resalta la confirmación de las promesas del pacto y la divinidad de Cristo; por el otro, se destaca a José y María como modelos de fe y docilidad ante la voluntad soberana de Dios.
Al unir la profecía del Antiguo Testamento con el cumplimiento en el Nuevo, Mateo nos demuestra que la historia no está a la deriva, sino bajo el control amoroso del Creador. Este majestuoso comienzo nos invita a abrir las puertas de nuestro hogar al Emmanuel, sabiendo que el mismo Dios que guiaba los pasos de la familia de Nazaret es el Señor que sostiene nuestras vidas hoy y hasta el fin del mundo.

















